O al menos no debería. Para empezar quiero que quede
claro que no estoy escribiendo de cuando perdió su virginidad, aunque
personalmente nunca he estado de acuerdo con esa expresión según la cual uno
“perdió” algo. Quiero pensar que todos ganamos más de lo que pudimos dejar en
esas sábanas.
Estoy escribiendo de la primera vez que se enfrentó a
una cancha de rugby. Ese deporte que se define como el alter ego del otro:
fuerza contra habilidad; juego limpio contra juego desleal, ese es el juego de
los villanos jugado por caballeros. En ese juego es característico el respeto
por las reglas que deben practicar tanto los jugadores como el público, por las
decisiones del árbitro que muy rara vez son discutidas por los jugadores.
Entrenar es un gran sacrificio, aparte de ser un gran
miedo, sin embargo ahí estamos, con la camiseta puesta en las frías noches de
invierno entrenando para nuestro equipo, donde más allá de trabajar para estar
en perfecta forma física, nos convocamos
para aprender y perfeccionarnos en este
arte de vivir y de comportarse. Todos entrenamos con mucho esfuerzo y
entusiasmo, porque sabemos que somos jugadoras de rugby.
Bien dicen que más que un deporte es toda una escuela
de vida, donde debemos aprender a caer, a levantarnos, a luchar para vencer
cualquier adversidad. El rugby es una existencia que late quince veces en
cada partido sin héroes de turno; sólo en dos equipos todo-terreno donde
cada jugador adquiere un significado en la unión con el resto.
Cuando se juega al rugby, se aprende a aceptar sin
quejarse; a no resignarse; a trabajar para saber lo que cuesta ganar un
metro y lo fácil que es perder diez por
no saber las posiciones. A respetar las decisiones de una forma inflexible, a
bajar la cabeza con respeto sin sentirme menos que nadie, a ser honesto, a aplaudir los errores de mis compañeros, que
también son los míos a perder el temor a la palabra "Tengo MIEDO a
tacklear" o a que se me caiga la pelota; pero sobre todo a levantarme más
de cien veces.
Pero primero empecemos por definir qué es el miedo.
El miedo es una emoción universal y necesaria
provocada ante alguna percepción de riesgo o ante un peligro real, tomamos
medidas defensivas con el fin de esquivar o evitar algún objeto o situación
displacentera como manera de cuidarnos. El cerebro no distingue si lo que pasa
es real o imaginario, ante una situación de alarma. Para prepararnos en estas
acciones, nuestro cuerpo segrega una serie de hormonas, llamadas “hormonas del
estrés” que provocan un encadenamiento de cambios en nuestro cuerpo.
Podemos definir que el miedo es temor a un objeto presente, un rival, dolor
en una lesión, a un tackle fuerte, mientras que en la angustia, es un temor
impreciso carente de objeto, a algo que
puede llegar a suceder, dando lugar a la desconfianza como anticipación de lo
peor;
Nuestro cuerpo está compuesto por moléculas dañinas
como la adrenalina y el cortisol las cuales se segregan en la sangre ante
situaciones de estrés. Pero así como están las malas, también encontramos las
buenas para llamarlas de alguna manera. Éstas son las endorfinas y encefalinas
que nos defienden del estrés, el dolor, la agresión y la depresión. Las
primeras son causantes de sensaciones de miedo, fastidio, aceleración e
irritabilidad. Las segundas de felicidad, alegría, bienestar, placer. Para
aquellos que realizan ejercicios, especialmente de resistencia, la sensación de
sentirse bien, la vitalidad y la alegría que produce, tiene una explicación
bioquímica en donde las endorfinas es la respuesta.
Ante las complejas prácticas de este deporte, los
estímulos desencadenan la liberación de las endorfinas que actúan sobre los receptores
del dolor en el cerebro, reduciendo la percepción del mismo y que posee un
efecto analgésico. Es por eso que soportamos el dolor de manera diferente
siendo reemplazado por sensaciones de bienestar y optimismo, a pesar de haber
realizado una fuerte carga de entrenamiento. Es muy bueno el dicho “un buen
entrenamiento es aquel que cuando terminas, tienes ganas de seguir entrenando”.
¿Cómo se procesa todo esto?
El cerebro determina la situación y de acuerdo a la
emoción que la acompaña establece alarmas afectivas para identificar lo que nos
plantea la misma. Lo afectivo - emocional es lo que dispara las diferentes
conductas que llevan a la acción. Pensar de forma positiva genera emociones
positivas y conduce a actuaciones libres de tensión y con una atención al 100%
en la acción.
Este deporte de rufianes practicado por caballeros,
enseñan valiosas lecciones. Muchas ajenas e incomprendidas a ojos de los no han
iniciado. A levantarme un día después del partido llena de dolores, golpes y
moretones pero feliz y realizada por la entrega, el compromiso, y muchas otras
cosas que mi mamá tal vez nunca va a entender.
Ninguno puede esconderse en un campo de juego. Allí
están presentes todas las fortalezas, debilidades, miedos, angustias e
impotencias de un deportista. Es por eso que el deporte es considerado una
actividad de logro ya que lleva implícito un resultado, una evaluación de otros
que juzgan a los competidores sobre la idea de ganar o perder.
En situaciones de presión, hay que saber actuar, hay
que saber vivir. En realidad es nuestra elección, de nadie más. Casi todo lo
que nos sucede, sea bueno o malo, es el resultado de las decisiones que
tomamos, de la confianza que poseemos en nosotros mismos. Las oportunidades
están para ser realizadas, no evitadas. Nuestro subconsciente, siempre toma el
atajo más seguro porque no quiere volver a recordar situaciones dolorosas. Pero
de eso se trata, de no volver a repetirlas. Para ello en esas circunstancias,
en lugar de decir “No quiero fallar”, debemos decir “Lo quiero hacer”. Cree en
vos. El éxito va a quien tiene éxito. El miedo va a quien tiene miedo.
El dolor forma parte de los conflictos de la vida
cotidiana que el hombre debe aprender a tolerar, es donde se mide su capacidad
para enfrentar el sufrimiento, el dolor y las contrariedades de la vida. El
mundo está lleno de opuestos; frio - calor; día - noche; alegría - tristeza;
dolor - placer.
Platón decía “el placer y el dolor no se presentan
juntos, pero si alguno posee alguno de ellos, también está obligado a sentir el
otro”. Las situaciones dolorosas son inevitables para cambiar, es inútil perder
tiempo pensando que podría haber sido diferente. Lo que nos sucede y el modo
cómo reaccionamos frente a lo que nos sucede no depende de lo que nos ocurra,
sino de la manera cómo valoramos esa situación y nuestra propia persona.
Por: Lu Arango López
E-Mail: uncorreoparalu@gmail.com
Universidad Minuto de Dios.

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